Martin Eden. Escribiendo y leyendo para retratar un siglo.

Martín Eden es un hombre de mar y un tipo guapo. Las mujeres de puerto lo miran de lejos y él lo sabe. No es muy instruido, pero ha visto puertos y tiene vida. Una noche conoce a Margherita con quien pasa la noche sin miramiento de futuro alguno con ella más que la noche en cuestión. Por la mañana, Martín salva de una paliza al hijo de un rico hombre de la ciudad, por lo que es invitado a la casa de esta rica familia y de inmediato queda asombrado frente a todo lo que hay en el lugar. Arte, pinturas y libros, más libros de los que jamás se hubiera imaginado, escritos en otros idiomas y por autores con nombres que ni siquiera sabe pronunciar. En el lugar también conoce a la hija de la familia, Elena Orsini.

Martín es un hombre que ha estado viajando desde los 11 años de edad. Ha visto de todo y ha vivido la violencia, como bien lo atestigua una profusa cicatriz en su cuello, “el que me la hizo, hoy cojea”, le gusta dejar en claro. Vive en la casa de su hermana, quien está casada y tiene un par de hijos. El arriendo que le debería pagar por la pieza, lo logra reunir de vez en cuando y su cuñado, quien trabaja y trabaja en su negocio, lo invita a participar, pero Martín siempre niega la propuesta. Y es que él tiene otros intereses. Su amor por los libros sólo ha ido en aumento como también su obsesión por desentrañar los misterios que se esconden en esas palabras. Martín sabe que en cada libro hay un enigma que el quiere desentrañar. Se embarca así en la lectura y, especialmente, en la escritura, comenzando su viaje al saber, guiado en un inicio por Elena y luego solo. Martín siente que en cada palabra nueva que conoce y en cada libro nuevo que lee, la distancia entre él y el resto de esa sociedad que venera, se acorta. Lamentablemente, las cosas no son tan fáciles.

Utilizando una puntuación consistente en imágenes de archivo que se funden con el relato principal, se desarrolla esta relación entre la pareja protagónica, que pronto toma un aire epistolar cuando Martín se embarca para generarse un sustento, mientras se lanza de lleno en su determinación de educarse. Y así, lee y escribe. Escribe y lee. Uno tras otros, sus manuscritos son rechazados por todas las editoriales y revistas a las que los envía. Y así como los rechazos le son enviados, él también rechaza a gente de su pasado en un esnobismo de cultura y de sentirse superior al resto. Pero gran parte de sus nuevos “amigos” tampoco lo quieren o respetan demasiado. “Recién aprendió a escribir y ya quiere ser escritor” exclama alguien por ahí. Y es que pasar de orígenes humildes y de trabajo al universo de la alta sociedad y de la – supuesta – intelectualidad, no es algo tan fácil como muchas veces se nos quiere mostrar.

Nunca queda claro en qué año transcurre Martín Eden. Se vislumbra un periodo entre guerras, pero sin exactitud. Las modas cambian de manera sutil, las ropas y los autos nunca parecen los precisos, a ratos bien podríamos estar en los 50 y a ratos en los 30. Es un compendio del siglo, de lugares, épocas, filosofías y políticas que articulan una idea a modo de un puzzle de mil piezas, con todas las cosas que han permeado a Italia (y al mundo) pero que no se han instalado en un momento preciso.

Sin duda, una película como Martín Eden, no tendría el mismo impacto si no fuera por la figura de su protagonista absoluto, Luca Marinelli, una bestia de la actuación, un animal salvaje en control, que a ratos bien puede recordar la flama de un joven Robert De Niro. Basada en la novela homónima de Jack London, su director, Pietro Marcello, elige filmar en súper 16 mm, extrayendo y explotando cada grano del soporte físico para su propio beneficio e impacto, construyendo este poderoso relato de ascensión desde lo más humilde a lo más poderoso del intelectualismo e individualismo. Un ascenso que trae problemas, preguntas y un vacío existencial insoslayable. Un ascenso de un ídolo que quizás no tiene mucho que decir, pero que muchos estarán dispuestos a escuchar.

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