Small Axe: Lovers Rock. Amor, juventud y mucha música.

Una noche de música, bailes, romances a la distancia y algunos sustos raciales, es lo que trae la segunda entrega de Small Axe titulada, Lovers Rock.

Inicios de los años 80 en el barrio de Notting hill en Londres. Noches en que la juventud negra se reunía en casas o locales más bien ocultos, donde los blancos o la policía no los fueran a molestar, y así poder tener una noche de convivencia, risas y mucha, mucha música.

Steve McQueen elige en esta entrega una historia más bien simple, que se rinde al ambiente jovial y distendido que respira. Todo comienza con Martha (Amarah-Jae St. Aubyn), escapando sigilosamente de su casa para juntarse con su amiga, Patty (Shaniqua Okwok), tomar uno de esos clásicos buses londinenses e ir a una fiesta a escondidas de sus padres. En el lugar, la joven Martha conoce a Franklyn (Michael Ward), y en ambos surgen todas esas cosas que suceden en las fiestas. Emoción, deseo, decepciones, sueños, etc. Algo normal, porque en esas siestas siempre se encierran la excitación de la posibilidad de que algo vaya a pasar. La fuerza de la juventud, con sus sueños, ganas, deseos y despertar a la vida.

La noche transcurre en medio de cervezas, marihuana y música. La gente se conoce, se pelea, algunos se cuelan y son bien recibidos, y es que todos buscan lo mismo: una noche donde poder disfrutar, aunque sea por algunas horas, de la paz de estar entre ellos, sin que nadie los mire mal, sin que nadie los obligue a irse y sin ese miedo con el que siempre debían vivir. Ojo con lo que sucede cuando una de las jóvenes se pelea y decide irse caminando, una noche que de inmediato cambia de tono y el peso de la segregación se deja caer. Y es que nadie de los presentes busca eso, todos quieren simplemente una noche para disfrutar de la magia de la reunión, y magia es lo que encuentran.

McQueen escribe en Lovers Rock – título que hace referencia a un romántico estilo de Reggae – una carta de amor y nostalgia hacia un pasado no mejor, pero muy distinto. Un pasado que puede tener mucho de presente en algunos lugares. Coescrita con el rapero y novelista Courttia Newland, el amor por la música y el ambiente que los atrae y los acoge, es lo que sobresale en cada escena de esta pequeña pero redonda historia. En especial en ese hipnótico momento, en el que – por 4 minutos – todos los asistentes cantan, al unísono y a capela, Silly Times de Janet Kay. Sin cortes y con la cámara del DP Shabler Kirchner perfecta, nos embarcamos y nos fundimos con un momento único y espectacular. Donde el tiempo pareciera congelarse y la música durar por siempre. Donde todas las diferencias han quedado atrás y solo importan la letra y el ritmo. Donde todo, aunque sea por algunos minutos, es perfecto y el futuro – con sus inseguridades y preguntas – no existe.

Lover Rock es una cinta pequeña pero potente, con poca historia a la vista, pero mucho mundo en su interior. Es una cápsula temporal, un testimonio de un momento y de un lugar que marcará (y marcó) la vida de todos quienes estuvieron ahí.

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